20 de September de 2019
Foto: Ricardo Stuckert

Las entrevistas de Lula a los medios brasileños e internacionales consolidan la versión de que se trata de una condena sin pruebas, de una persecución politica al ex presidente brasileño y de que él es un preso politico. No solo eso, también que la historia política de Brasil fue distorsionada por la decisión de impedir que Lula fuera candidato a la presidencia de Brasil, elección en la cual, según todas las encuestas, Lula hubiera sido elegido presidente del país en primera vuelta. Asimismo, que el candidato lanzado por Lula, Fernando Haddad, habría triunfado, si no fuera por la monstruosa campaña de fake news, con escandalosas mentiras propagadas por robots.

Desde el golpe parlamentario en contra de Dilma Rousseff, reelegida presidenta de Brasil en 2014, se fue poniendo en práctica la guerra híbrida, el nuevo tipo de golpe, la estrategia actual de la derecha a escala internacional, basada en la guerra de la leyes, en la judicialización de la política y en la persecución política de líderes democráticos. Una guerra que tuvo continuidad en la prisión y el impedimiento ilegal de la candidatura de Lula y desembocó en la farsa de la elección de Bolsonaro.

La justicia para Lula no es solo reparar las injusticias que se cometen en contra de él. Es denunciar la farsa de la causa Lava Jato – reiteradamente comprobada porlas revelaciones hechas por Intercept Brasil, desenmascarar su falso combate en contra de la corrupción, procesar, acusar y condenar a los que la pusieron en práctica, al servicio de la ruptura de la democracia, de la destrucción del patrimonio público brasileño en favor de los intereses de EEUU, la liquidación de las politicas sociales de los gobiernos del PT y de los derechos de los trabajadores.

Como resultado de la Lava Jato, Brasil tiene el gobierno más desprestigiado de su historia en el plano internacional, el presidente más ridiculizado dentro y fuera del país, que más emite declaraciones ridículas todos los dias, que desprestigia el cargo que tiene, mientras promueve la recesión y mantiene a 14 millones de personas en el desempleo.

Mientras tanto, la imagen de Lula solo crece dentro y fuera de Brasil. Incluso gente que se había dejado llevar por las acusaciones de corrupción que habrían involucrado a Lula, ahora se dan cuenta, informados de las condiciones jurídicas y políticas de su condena, de que Lula es absolutamente inocente, que no hay un centavo indebido en sus cuentas, que su proceso es político. Que el fue condenado no por pruebas, sino por convicción. No hay derecho que no se apoye en pruebas.

Lula reafirma, por todo ello, que solo saldrá de la prisión con su inocencia reconocida. No acepta acogerse a ningún otro mecanismo, ni siquiera la prisión domiciliaria, a la que tendría derecho a partir de octubre. Porque significaría reconocer la condena y apelar a la prisión domiciliaria a la que tiene derecho un condenado después de cumplir 1/6 de la pena. Lula no reconoce la condena. Solo acepta salir absolutamente inocente.

Las revelaciones de Intercept desmienten uno de los absurdos más grandes de la justicia de Brasil: que el Supremo Tribunal Federal (STF) haya declarado, reiteradas veces, que el magistrado Sergio Moro sería imparcial al juzgar a Lula. Las conversaciones de Moro confirman fehacientemente como él y los otros jueces de Lava Jato han actuado de forma mancomunada políticamente, incluso falsificando datos, para condenar a Lula sin pruebas, como una operación de carácter político.

El clima se vuelve insosportable para el STF, que no puede mantener la supuesta imparcialidad de Moro. Sucede que, si acaso el STF tomara coraje y declarara a Moro no neutral, simplemente se anularían todos los procesos que ha comandado en contra de Lula y éste saldria libre. Hay dos decisiones a tomar en las próximas semanas o meses sobre ese tema.

Mientras tanto, el gobierno se desgasta cada vez más, pelea de manera cada vez más dura con los mismos medios, vacila en ir o no ir a hacer el discurso inaugural en la Asamblea General de Naciones Unidas, con el riesgo de manifestaciones de repudio dentro y fuera de la ONU, y deja el pais sin gobierno, preocupándose más en obtener los votos para que su hijo pueda ser embajador en EE.UU. y hacer maniobras para que los otros dos hijos puedan escapar de los procesos por corrupción.

Ese es el Brasil de hoy: está preso quien debiera estar presidiendo, a pesar de inocente, mientras que está en la presidencia quien debiera estar preso.

Página/12