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Lo que Lula Da Silva supuso para el pueblo brasileño no es posible explicarlo si no tenemos en cuenta la situación en la que se encontraba el país tras el fracaso del modelo neoliberal impuesto durante décadas por la oligarquía brasileña. Si no atendemos a la cuestión estructural, una constante en todos los gobiernos de cambio en América Latina, a la enorme corrosión del Estado provocada por las élites económicas, que históricamente ganaron las batallas institucionales en estos países, difícilmente encontraremos las claves interpretativas adecuadas para comprender los fenómenos sociales que se han expresado en estos países en los últimos años.

El caso brasileño es paradigmático en este sentido. Para las élites extractivas brasileñas, dedicadas a la explotación privada e incontrolada de los recursos comunes y su venta al exterior, buena parte de la población del país nunca existió, ya no como ciudadanos, sino simplemente como seres humanos que tenían necesidades básicas sin satisfacer. Las élites oligárquicas de Brasil diseñaron la estructura del Estado a su medida. Controlando y definiendo durante décadas los diferentes mecanismos de gestión e intervención pública, lo que explica que a dichas oligarquías nacionales los gobiernos de Lula, a pesar de que a éstas tampoco les fue nada mal durante sus mandatos, les  molestaban claramente para su proyecto de apropiación de los bienes públicos. Por eso, desde el primer momento, y siempre de la mano de los grupos de comunicación privados intentaron sin descanso debilitar a los sucesivos gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT).

En 2002, Lula ganó las elecciones presidenciales en Brasil. Tras la victoria se encontró con la herencia social y económica del fracaso del modelo neoliberal conducido por Fernando Henrique Cardoso; un país devastado por la desigualdad y la pobreza, desindustrializado, con un rol del Estado en la economía totalmente debilitado y con un monopolio privado total de los medios de comunicación. De forma asombrosa, teniendo en cuenta el hecho de que el PT nunca tuvo mayoría parlamentaria y que no se pusieron en cuestión buena parte de las estructuras de poder heredado (entre ellas lo relativo a los medios de comunicación, los cuales ocuparon un papel fundamental para acabar con el gobierno de Dilma), Lula consiguió revertir el modelo social y poner en marcha un proceso, sin precedentes en Brasil, de crecimiento  y desarrollo económico, modernización del país y redistribución de la renta. Demostrando una gran capacidad de llegar a acuerdos (se dice que hacía valer muy bien su cultura sindical), y sin perder de vista nunca el objetivo último, hacer de Brasil un referente mundial, Lula comenzó a poner en el centro de sus políticas a las mayorías sociales, consiguiendo que millones de personas saliesen de la miseria y tuvieran acceso a la educación pública, la sanidad estatal y una vivienda digna. También apostó por una nueva integración regional en Latinoamérica, recuperó la soberanía nacional, resituó el papel del Estado en la economía y consiguió relanzar la imagen de Brasil a nivel internacional. En definitiva, como el propio Lula sostenía, el gran legado de sus gobiernos democráticos y populares fue recuperar el orgullo de los brasileños, recuperar la soberanía popular y la autoestima del pueblo brasileño.

En este sentido, Lula fue mucho más que un Presidente: significó un antes y un después para Brasil. Él fue quien volteó un modelo injusto, fue quién, combinando crecimiento económico con desarrollo social, hizo que los históricamente despreciados por las élites se convirtieran en ciudadanos y ciudadanas de pleno derecho, y sintieran el orgullo de tener patria, el orgullo de reconocerse como brasileños. Se puede decir que Lula fue el re-fundador del Brasil democrático, moderno y republicano.

Su popularidad y su buena imagen internacional, su gran capacidad de escucha y de alcanzar acuerdos con todos los actores sociales y económicos del país, su fuerte apuesta por la integración latinoamericana, que en aquel momento la facilitaba la hegemonía de los gobiernos populares en América Latina, pero sobre todo, el carácter fundacional y sentimental de su figura, fue lo que evitó que las maniobras de las élites oligárquicas brasileñas se salieran con la suya, a pesar de que nunca cesaron en sus intentos de acabar con los gobiernos del PT, con una campaña sistemática de acoso y derribo de los grupos de comunicación privados que abusaban continuadamente de referencias negativas sobre Lula y silenciaban la realidad social y política que se vivía en el país.

Por eso hoy, si algo tenemos que aprender de lo que está ocurriendo actualmente en Brasil es que los poderosos lo tienen claro: si algo-alguien-algunos les molestan, van a intentar eliminarlos. Con el ataque al que hemos asistido a la democracia brasileña queda demostrado que las élites no perdonan, y si tiene una oportunidad la van a aprovechar hasta el final, sin importarles las consecuencias sociales derivadas.

Si bien con Lula no pudieron, aprovechando la crisis de la economía internacional, el cambio de ciclo en América Latina, y también, obviamente, ciertos errores propios del gobierno, iniciando una fuerte ofensiva desestabilizadora que, como ha quedado demostrado, no solamente buscaba destituir a la presidenta Dilma Roussef, sino que pretendía: por un lado, poner fin por completo al modelo de país que nace con Lula, por medio de políticas que han acabado con las mejoras sociales conquistadas (el gobierno de Temer ha congelado el gasto social para los próximos 20 años), incrementando la militarización de las calles, apostando por la judicialización de la política y, cómo no, poniendo en venta Brasil y su soberanía; y por otro lado, acabar no sólo con el modelo de país que construyeron los gobiernos del PT, sino también con quién dio a luz al Brasil moderno e inclusivo, el mismísimo ex presidente Lula.

Lula hoy está injusta e ilegalmente condenado a 12 años de prisión, y el Tribunal Superior Electoral le ha impedido presentarse a las elecciones del próximo 7 de Octubre, a pesar de que el Comité de Derechos Humanos de la ONU interpeló directamente al gobierno de Brasil a garantizar los derechos políticos de Lula, incluyendo el de ser candidato. Las encuestas dicen que si Lula se presentara a las elecciones las ganaría con más del 40% de los votos y probablemte en la primera vuelta. Quizás es esto, el hecho de que sería el claro vencedor en las elecciones lo que explica la negativa de las élites políticas y económicas brasileñas a que Lula pueda ejercer sus derechos y se presente como candidato, aunque eso conlleve poner en cuestión internacionalmente el sistema democrático brasileño. Qué más da, al fin y al cabo, nunca dejaron de pensar con arrogancia que el Estado y el país era solamente suyo, una empresa más de su conglomerado. Esta vez, las élites dominantes no van a cometer el error de dejar que Lula vuelva a la escena política brasileña porque quedó demostrado que, pese a lo que ellos creían, un metalúrgico, pobre, sin escuela, pero con las ideas bien claras, supo gobernar el país y convertirse en una referencia de esperanza para la mayoría. Para las élites, el ex presidente representa un enorme peligro para sus privilegios, pero para otros muchos brasileños, la inmensa mayoría, Lula es el símbolo de que la historia no siempre la escriben los de arriba, es el símbolo de esperanza de la emancipación popular.

Saben, sabemos, que lo que está en juego es la democracia en Brasil y, también, en América Latina. Se elige no sólo un gobierno, se define el rumbo de un continente. Se está frente a la oportunidad de abrir de nuevo un momento progresista en la región, una vez que, por vez primera y de forma esperanzadora, México mira por fin al sur. Para ello, es clave no replegarse ante la ofensiva neoliberal en la región y quizás reflexionar, desde el terreno y por sus propios protagonistas sobre varias cuestiones; ¿cómo conseguir superar la gran fragilidad que han presentado las democracias latinoamericanas a la hora de transformar las políticas de gobierno en políticas irreversibles que les permitan ir despojándose del Estado que heredaron de las victorias históricas de las élites?; ¿qué relaciones se establecen desde los gobiernos de izquierdas con los movimientos populares y cómo mantener viva la tensión con ellos dado que son el respaldo último de los gobiernos populares?; así como analizar dos elementos cruciales, tal y como sostiene el compañero y diputado federal por el PT, Paulo Pimenta: ¿cómo profundizar en una agenda conjunta en defensa de las riquezas naturales del continente y, con ello, cómo reconstruir el modelo de integración regional y, sobre todo, lo que es más importante, cómo desarrollar espacios que permitan a los países latinoamericanos compartir experiencias y formas comunicativas para hacer frente a los golpes mediáticos y a la manipulación de la información? En este sentido, y en referencia a esto último, añadiría la necesidad que tenemos de hacer un esfuerzo por analizar y encontrar el modo de unir y enriquecer estos espacios comunicativos de coordinación regional con otras experiencias comunicativas de opciones de cambio que existen en Europa y que también son blanco constante de los grandes grupos mediáticos. Este gran espacio de aprendizaje y coordinación comunicativa, entre las diferentes opciones del cambio, es una gran tarea a poner en marcha para poder enfrentarnos a los relatos mediáticos que buscan derrotarnos antes del combate. Todo eso y mucho más es lo que nos jugamos en Brasil en las próximas semanas.

Sabemos que Lula ya es mucho más que un político, que un candidato: es un sentimiento, una idea. Por eso el PT ha decidido dar un paso adelante y no dar la batalla por perdida, presentando al ex alcalde de Sao Paulo, Fernando Haddad, a las elecciones presidenciales del próximo mes de octubre para hacer frente y ganar al creciente monstruo, Jair Bolsonaro, que es el nuevo fruto de la vieja actitud de desprecio de las élites brasileñas hacia su pueblo.

Estos días desde aquí, desde España, estaremos muy pendientes de lo que pasa en Brasil, somos conscientes de lo que se juega en estas elecciones: no es solo una elección, es una decisión. Brasil decide entre democracia o sumisión, entre esperanza o resignación, entre construir su futuro en libertad, como pueblo soberano, o retroceder y claudicar ante el miedo. Nosotros y nosotras confiamos en el pueblo, y estamos seguros de que es posible hacer un Brasil feliz de nuevo y abrir un nuevo tiempo en América Latina y en el mundo. Porque sólo en el pueblo confiamos.

 

Fran Casamayor, Politólogo. Secretario de Organización de Podemos en la Comunidad de Madrid.

Público

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